La imaginación sin límites

Del 10 de octubre, 2014 al 09 de febrero, 2015

Al parecer, cuando Rufino Tamayo visitó la sierra de San Francisco, en Baja California, y vio las pinturas rupestres por primera vez, exclamó: “¡Se me adelantaron!”. Si lo dijo así, dijo algo muy cierto, y es posible que lo haya sentido más de una vez al contemplar las piezas arqueológicas de su propia colección. Cuando observamos la producción artística mesoamericana en su conjunto, tenemos una sensación similar a la que nos produce recapitular la historia del arte griego desde el período cicládico hasta la época de Fidias: se exploraron todas las posibilidades, desde las formas más abstractas, con una sorprendente economía de líneas, hasta el naturalismo más meticuloso. Se hizo emerger la figura de un hombre con poco más que una docena de líneas sobre un bloque de piedra, pero también se hizo enfurecer a un brujo con el modelado paciente de un bodoquito de arcilla. Se imaginaron todas las posibilidades para representar y exaltar lo sagrado y lo humano, lo vivo y lo fugaz; el ser que volaba y el que arrojaba lluvia con las manos. Se imaginaron decoraciones ondulantes como ríos o serpientes y rojos ardientes como la sangre. Se cubrieron muros larguísimos y vasos diminutos con geometrismos e historias. Y esas manos, capaces de reformular el universo visible, hicieron también cántaros, humildes cántaros y escudillas.


Pablo Escalante Gonzalbo l Curador

Selección de obra