Sahumador con mango y charola | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Sahumador con mango y charola | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Sahumador con mango y charola | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Sahumador con mango y charola | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Cultura Desconocida
Región Desconocida
Período Clásico
Año 200-900 d.C.
Técnica

Barro modelado con engobe mate

Medidas 5.5   x 24.4  x 43.1  cm
Ubicación Sala 2. El mundo religioso
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 299
Investigador

Descripción

La actividad ritual más importante de los pueblos mesoamericanos fue la presentación de ofrendas, es decir: alimentar a los dioses. En la concepción mesoamericana, éstos estaban formados por “esencias” o sustancias ligeras, fluidas y volátiles. Tales sustancias no eran visibles, viajaban desde los pisos celestes y subterráneos hacia la superficie de la tierra. Al llegar allí ingresaban en formas corpóreas a las que animaban con su fuerza; así hacían brotar el maíz, abrir las flores y también hacían hablar a las personas o nadar a los peces. Literalmente, las fuerzas sagradas animaban y movían el mundo.

Para la mentalidad mesoamericana era preciso alimentar –y así retribuir- a los dioses con sustancias de una naturaleza similar a la de los dioses mismos. Los objetos corpóreos y pesados no podían ser ingeridos por ellos. Les presentaban flores, es cierto, pero esto lo hacían para que los dioses inhalaran su fragancia. Y de los sacrificios humanos, lo que aprovechaban los dioses era el aroma de la sangre impregnada en altares y santuarios, o bien chamuscada y humeante frente a sus imágenes y dentro de sus templos.

La ofrenda más común, la de todos los días, era la ofrenda de humo aromático; nada era más agradable a los dioses ni viajaba tan rápido para agradecerles y retribuirles sus dones como el humo. Ese humo aromático se obtenía preferentemente del copal, una resina proveniente del árbol del mismo nombre. Y sabemos que entre la gente más pobre se utilizaban sólo hierbas de buen olor. La ofrenda aromática era tan importante que la representación plástica del sacerdote, desde el Preclásico, era la figura de un hombre con una bolsita o talega de cuero colgando del brazo: era el pequeño costalito en el que los sacerdotes debían llevar el copal para poder hacer sus ofrendas a lo largo de todo el día.

No sólo los sacerdotes hacían la ofrenda de humo aromático: en todos los hogares, al salir el sol, se avivaban las brasas de la hoguera y se esparcía el polvo de los cristales molidos, que inmediatamente crepitaban y despedían un fuerte aroma.

Hubo varios tipos de dispositivos adecuados para colocar brasas al rojo vivo sobre las que se dejaba caer el copal, los había grandes y fijos, adheridos incluso a los templos, y los había portátiles y susceptibles de moverse. Esta pieza de barro corresponde con los braseros móviles llamados sahumadores. Las brasas se colocaban sobre la charola, y con el mango el artefacto se movía para dirigir o “aventar” el humo hacia la imagen a la cual se quería venerar. También se utilizaron estos braseros para sahumar a los visitantes distinguidos que llegaban en embajada a alguna ciudad.

La actividad ritual más importante de los pueblos mesoamericanos fue la presentación de ofrendas, es decir: alimentar a los dioses. En la concepción mesoamericana, éstos estaban formados por “esencias” o sustancias ligeras, fluidas y volátiles. Tales sustancias no eran visibles, viajaban desde los pisos celestes y subterráneos hacia la superficie de la tierra. Al llegar allí ingresaban en formas corpóreas a las que animaban con su fuerza; así hacían brotar el maíz, abrir las flores y también hacían hablar a las personas o nadar a los peces. Literalmente, las fuerzas sagradas animaban y movían el mundo.

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