Alegoría carmelita del triunfo de la Inmaculada Concepción con la Virgen del Carmen y San Pedro Tomás | Salas de Arte Virreinal y Siglo XIX | Museo Amparo, Puebla
Alegoría carmelita del triunfo de la Inmaculada Concepción con la Virgen del Carmen y San Pedro Tomás | Salas de Arte Virreinal y Siglo XIX | Museo Amparo, Puebla

Anónimo

Alegoría carmelita del triunfo de la Inmaculada Concepción con la Virgen del Carmen y San Pedro Tomás

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Período Siglo XVIII
Técnica Óleo sobre tela
No. registro SXVIII.BI.009
Medidas 233.5   x 100  cm
Investigador

Descripción

La pintura versa sobre un concepto de suma importancia para la Iglesia Católica y uno de sus principales dogmas: el triunfo del concepto de la virginidad de María sobre sus detractores. Está representado aquí con un carro triunfal que transporta a la advocación mariana de la Virgen del Carmen entronada, sobre un paisaje que podría hacer alusión al Monte Carmelo. En él se observa, a lo lejos, una incipiente cordillera que da profundidad a la composición, contrastando con la masividad del pie de una montaña postrada a la derecha, desde donde se intuye la salida de la procesión. Las líneas correspondientes al suelo describen una diagonal descendente, que concuerda con el sentido en que se dirige el movimiento del vehículo y su séquito, hacia la izquierda de la obra.

La noción de la Inmaculada Concepción de la Virgen, está apoyada aquí con cuatro estandartes que ostentan las leyendas “Madre Virgen, Virgen Madre, Madre de Cristo Dios”; portadas como insignia por cuatro ángeles a caballo, que junto a otros cuatro frailes carmelitas descalzos, conducen el carruaje a través del suelo florido. En complemento, un amorcillo sostiene a lo alto un pergamino con textos extraídos de la Letanía Lauretana y se aprecian un par de filacterias con palabras que vuelven a hacer alusión a su virginidad.[1]

Como parte del séquito del carruaje se integra una cuantiosa comitiva de frailes carmelitanos mártires, sin ningún otro atributo que los distinga entre sí, salvo el hábito marrón y blanco de la Orden de los Carmelitas Descalzos y la palma del martirio. Al frente del carro se disponen otros tres amorcillos tocando victoriosamente sus cornetas en el aire, y en la parte posterior, se ve a un ángel coronando el escudo de la Orden, ubicado sobre el remate del carromato.

Hay un personaje que llama en especial la atención; se trata de un anciano ataviado en túnica escarlata, bajo la cual se advierte el hábito marrón del Carmelo Descalzo. Es obispo de oriente, identificado como tal por el tradicional palio que pende de su cuello. Se reconoce iconográficamente como san Pedro Tomás, obispo carmelitano nacido en Francia hacia 1305, donde ingresó al Carmelo a sus veinte años de edad.[2] Fue arzobispo de Creta en 1363 y Patriarca Latino de Constantinopla al año siguiente. Apasionado devoto de la Virgen María, se le atribuye la autoría del tratado De Immaculata Conceptionis, donde precisamente defiende el dogma de la Inmaculada Concepción, razón por cual sigue siendo recordado a la fecha por los miembros de la Orden. Su culto fue autorizado por la Santa Sede en 1609, año en que fue canonizado por el papa Paulo V, siendo ratificado casi veinte años después por Urbano VIII en 1628.[3]

Con esta obra, el autor adaptó la defensa de la Virgen a la Orden del Carmen Descalzo, incluyendo a uno de sus miembros y defensor de la Inmaculada Concepción, por lo que se intuye una función primigenia dentro de un contexto privado de la orden, dado que la fortuna crítica de este santo fuera de ella no es tan reconocida,[4] como sí sucede, por ejemplo, con el franciscano san Buenaventura.

La obra presenta varias intervenciones anteriores como parte de un trabajo de restauración aficionado. Tiene un reentelado que emplea un soporte textil con apariencia de algodón, adherido por medio de un producto sintético, que en conjunto le otorgan cierta rigidez a la pintura. Por otro lado, la capa pictórica muestra una serie de agregados pictóricos distribuidos de manera dispersa sobre distintos elementos de la composición. No parecen corresponder con faltantes de estratos, pues las áreas aledañas se observan en muy buen estado de conservación; podrían pertenecer a acciones reparadoras encaminadas a resolver algún problema de manchado o virados de color en los materiales de la obra, que no se haya podido resolver con alguna acción de limpieza, como sí se logró en el resto de la imagen.

Lo que se puede rescatar de la intervención es que evidencia una búsqueda por mantener vigentes los valores intrínsecos de la obra, quizá como alusión a su importancia iconográfica o al reconocimiento de su categoría histórica, que, en todo caso, ha contribuido a su permanencia.  

1. Cfr. Francisco Xavier, Dornnm, Letanía Lauretana de la Virgen Santísima, Vda. de José de Orga, Valencia, 1768.

2. P. Rafael María López Melús, Los Santos Carmelitas, España, AMACAR, 1989, pp. 64-72.

3.  Idem.

4. Comunicación personal con el P. Carlos Martínez (OCD), provincia de Toluca.

 

La pintura versa sobre un concepto de suma importancia para la Iglesia Católica y uno de sus principales dogmas: el triunfo del concepto de la virginidad de María sobre sus detractores. Está representado aquí con un carro triunfal que transporta a la advocación mariana de la Virgen del Carmen entronada, sobre un paisaje que podría hacer alusión al Monte Carmelo. En él se observa, a lo lejos, una incipiente cordillera que da profundidad a la composición, contrastando con la masividad del pie de una montaña postrada a la derecha, desde donde se intuye la salida de la procesión. Las líneas correspondientes al suelo describen una diagonal descendente, que concuerda con el sentido en que se dirige el movimiento del vehículo y su séquito, hacia la izquierda de la obra.

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