Mano con olla Tláloc | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Mano con olla Tláloc | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Mano con olla Tláloc | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Mano con olla Tláloc | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Mano con olla Tláloc | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Mano con olla Tláloc | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Región Valle de México
Período Posclásico tardío
Año 1250-1521 d.C.
Técnica Barro modelado, alisado, acanalado, con pastillaje y pellizcado
Medidas

5.6 x 8.4; 6.20 x 10.5

Ubicación Salas de Arte Contemporáneo. Piezas Prehispánicas
Investigador

Descripción

Entre la plástica desarrollada por los mexicas, los objetos de piedra son obras que han llamado la atención a nivel mundial, ya sea por las monumentales piezas de dioses o las pequeñas esculturas rituales. Junto a estas creaciones, las esculturas de cerámica eran más comunes para las sociedades del Posclásico y se encontraban en todos los ámbitos de la vida del individuo. Conocemos las extraordinarias esculturas de cerámica del Templo Mayor que se encontraban en la Casa de las Águilas. Una de ellas representa a un personaje semidescarnado, con el hígado brotándole como una flor de las costillas y las manos, que se transforman en garras, muestran las palmas; otra escultura presenta a un caballero águila con las zarpas del ave bajo las rodillas, las alas esquemáticas le salen de los brazos y de un casco con un enorme pico emerge el rostro del personaje. Este par de esculturas representan el viaje ritual que realizaba el gobernante hacia el inframundo, su victoria en el Mictlán (lugar de la muerte) y su resurrección, mismo recorrido que realizaba el sol cada día.

Al igual que estas piezas, las urbes prehispánicas tenían por doquier esculturas de cerámica, basta pensar en las piezas de Chihuateteotl del Zapotal (Veracruz) o el Xipe-Totec de Tula (Hidalgo), por mencionar sólo las más conocidas. La razón de ocupar la arcilla para realizar estas enormes figuras antropomorfas se relacionaba con la facilidad de manipular el material, la oportunidad de crear un objeto más realista, la sencillez de adquirir la materia prima y, por consiguiente, lo “económico” que resultaba su creación.

La difusión de estas piezas se atestigua también en las excavaciones de los sitios arqueológicos donde es común encontrar fragmentos de pies, manos y rostros de esculturas de barro que tenían una escala parecida a la del humano. Además, esta multiplicidad de piezas nos permite acercarnos a la gran variedad de temas que se plasmaban, al encontrarse rostros de distintos colores, piernas con diferentes sandalias o manos en distintas posiciones o empuñando diversos objetos.

Tal es el caso de la pieza 56 de la colección del Museo Amparo, donde se observa el fragmento de una mano que está agarrando una olla con un rostro antropomorfo. La extremidad se encuentra fracturada a la altura de la muñeca. El brazo se representó como un cilindro que se mantiene recto. De él sale, del lado izquierdo, una forma tubular, simulando el dedo pulgar y, un poco más abajo, se encuentran otros cuatro cilindros que se curvan y suben hasta el lugar donde emerge el pulgar. Este conjunto representa los cuatro dedos restantes y la acción de cerrar el puño. Asimismo, llama la atención que todos los dedos, excepto el pulgar, tienen en la parte superior una incisión semicircular para marcar y resaltar las uñas.

A los lados de los dedos, se ve una agarradera que sale del puño y se une con la sección inferior, la cual tiene una forma oblonga con dos formas rectangulares añadidas al pastillaje a los lados. En el centro sobresalen dos grandes esferas simulando los ojos y en la parte superior dos formas tubulares que se curvean siguiendo la circunferencia de la esfera, otra más arriba se mantiene horizontalmente y entre las dos esferas se encuentra una forma ovalada con una gran incisión en el centro. Estos relieves presentan incisiones en tache que crean rombos en su superficie.

Esta pieza debió pertenecer a una escultura más grande que se encontraba con un engobe anaranjado, posiblemente estucada y pintada, aunque no quedan rastros de esta última decoración. La pieza completa representaría a un sacerdote vinculado con el dios de la lluvia Tláloc y, posiblemente, en la otra mano sostenía una serpiente que se curveaba. El principal objeto que ayuda a su identificación es la pieza que sostiene la mano, ya que se trata de una olla que forma el rostro de Tláloc. Los rectángulos laterales figuran adornos de papel. Las esferas se ocupan para simular los ojos y las formas tubulares representan partes del cuerpo de dos serpientes que se entrelazan creando el rostro de la deidad.  Estos animales unían sus cabezas en la parte inferior, formando con sus largos dientes la característica boca de la deidad. Sus cuerpos que se entrelazaban a lo largo de la cabeza le daban forma al rostro, delimitaban los ojos y se trenzaban entre ellos, formando la nariz. Estas características se pueden ver en las ollas encontradas en las ofrendas del Templo Mayor, pero quizá su mejor expresión está en la escultura de la colección Uhde de Alemania. En la presente pieza los grandes faltantes son las cabezas de la serpiente que debieron colocarse al patillaje y que, por la misma razón, se fracturaron con el paso del tiempo.

Asimismo, esta pieza es parte de un gran complejo de fragmentos de esculturas cerámicas que existen a lo largo del territorio y que reflejan la gran difusión de estas obras; pero, al mismo tiempo, lo frágiles y vulnerables que eran, ya que, en cualquier momento de inconformidad social, eran de los primeros objetos en ser destruidos. Basta recordar las narraciones de Bernal Díaz del Castillo y de Hernán Cortés, donde se narra la destrucción de los ídolos que hicieron. Por lo general estas historias se asocian con los grandes objetos de piedra, pero es más factible que se refieran a las esculturas de barro que se encontraban por doquier. La escena no deja de sorprendernos, al imaginarnos al español dando un certero golpe a una escultura bellamente decorada con pintura, con mechones de cabello en la cabeza y, en ocasiones, bañada de sangre. Ante este golpe la escultura debió de deshacerse en mil pedazos, delante de los ojos atónitos de los indígenas, y uno de esos fragmentos, de ese u otro episodio de violencia, es el que se resguarda como parte de la colección del Museo Amparo.

Entre la plástica desarrollada por los mexicas, los objetos de piedra son obras que han llamado la atención a nivel mundial, ya sea por las monumentales piezas de dioses o las pequeñas esculturas rituales. Junto a estas creaciones, las esculturas de cerámica eran más comunes para las sociedades del Posclásico y se encontraban en todos los ámbitos de la vida del individuo. Conocemos las extraordinarias esculturas de cerámica del Templo Mayor que se encontraban en la Casa de las Águilas. Una de ellas representa a un personaje semidescarnado, con el hígado brotándole como una flor de las costillas y las manos, que se transforman en garras, muestran las palmas; otra escultura presenta a un caballero águila con las zarpas del ave bajo las rodillas, las alas esquemáticas le salen de los brazos y de un casco con un enorme pico emerge el rostro del personaje. Este par de esculturas representan el viaje ritual que realizaba el gobernante hacia el inframundo, su victoria en el Mictlán (lugar de la muerte) y su resurrección, mismo recorrido que realizaba el sol cada día.

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