Cuenco miniatura trípode con borde zoomorfo (¿tortuga?) | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Cuenco miniatura trípode con borde zoomorfo (¿tortuga?)

Cultura Tarasca
Región Michoacán
Período Posclásico tardío
Año 1200 – Conquista
Técnica

Vasija cerámica modelada, con aplicaciones, pulida y policromada antes de la cocción

Medidas 3.1   x 5.2  cm
Ubicación Bóveda Prehispánico
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 1609
Investigador

Descripción

Sorprende que en tan mínimas dimensiones, el o la artista alfarera haya creado una obra tan elaborada, en términos del modelado y acabado pictórico de este recipiente con motivos zoomorfos y geométrico-abstractos. La delicadeza de su manufactura conlleva una producción especializada y un uso por parte de las elites de la sociedad tarasca.

         Por sus rasgos estilísticos, la obra se reconoce fácilmente como parte de la alfarería de la pluriétnica sociedad que en el Posclásico tardío consolidó la llamada cultura tarasca, con los purépechas a la cabeza, en un territorio que a grandes rasgos abarcó lo que actualmente es Michoacán y el sureste de Jalisco. Además de los purépechas, los portadores de esta cultura eran nahuas, mazahuas, otomíes, chontales, apanecas y cuicatlecas. Se trata del desarrollo de mayor notoriedad en la región occidental mesoamericana durante los dos siglos anteriores a la presencia española, del que asimismo cabe destacar que desde la etapa colonial y hasta la actualidad ha mantenido líneas de continuidad y posturas resistencia cultural a través de los purépechas, quienes reconocen en esa sociedad prehispánica a sus antecesores directos.

         Del arte tarasco se conservan evidencias de algunas expresiones destinadas principalmente a los linajes dirigentes, a su atavío, ritualidad, ajuares funerarios y sedes del poder político y religioso. Sobresalen los vestigios de arquitectura ceremonial, metalurgia, lapidaria, escultura pétrea en gran formato y pipas y vasijas cerámicas, parte de las últimas como reproducciones en miniatura que suelen encontrarse junto a las de mayor tamaño y efectivamente funcionales.

         En los recipientes de ambos formatos destacan los perfiles compuestos de las obras y la decoración pictórica precocción bícroma o polícroma, al positivo y negativo; más que vajillas de empleo doméstico, se trata de obras con carácter ceremonial.

          En las vasijitas encontramos cuencos y ollas simples o trípodes, con uno de los soportes en forma de asa, o los tres de tipo globular, cónico, trapezoidales o parecidos a piernas; hay también cuencos dobles, patojos y “floreros” o botellas y cántaros. La obra que atendemos originalmente tenía en el borde del cuenco seis aplicaciones circulares –hoy conserva cinco-, con la cara superior en rojo o crema y un aro negro; en el eje central del borde sobresalen otras dos aplicaciones planas de color crema: una cabeza de perfil aguileño, con la boca entreabierta e inmediatamente al lado un ojo plasmado como un círculo negro; la segunda aplicación figurativa corresponde a la cola enroscada del animal, que recuerda a una tortuga.

         Además del rojo y negro sobre crema, el acabado pictórico incluye el color naranja y se concentra en la vista superior. La mitad del interior del cuenco fue pintada con una serie de hemicírculos concéntricos que se combinan con puntos, rayas y cuadrados con círculos adentro.

         Los registros arqueológicos detectan que las reproducciones de vasijas en miniatura formaron parte de las ofrendas en entierros de los miembros de la aristocracia tarasca, que también se acompañaban de sus insignias. Según una lámina de la Relación de Michoacán, un documento de 1541, en el caso del irecha o gobernante principal se trataba de su carcaj, arco, máscara y collar de turquesa, tocado de plumas y de un número alto de sirvientes sacrificados en su honor, lo cual es consistente con la idea de los mesoamericanos en general acerca de la continuidad de la existencia, en términos del estatus, el oficio desempeñado y las relaciones familiares y sociales, luego del fallecimiento físico. En un estudio sobre las creencias u prácticas mortuorias de los purépechas, Roberto Martínez subraya la descomposición cadavérica, la reducción a restos óseos y la pulverización en cenizas. De mi parte, conjeturo que las reproducciones de vasijas en miniaturas que integraban los ajuares funerarios participaban de esa “reducción” de lo material: al reducir su tamaño serían más óptimas para cumplir sus funciones en el mundo de los muertos.

Sorprende que en tan mínimas dimensiones, el o la artista alfarera haya creado una obra tan elaborada, en términos del modelado y acabado pictórico de este recipiente con motivos zoomorfos y geométrico-abstractos. La delicadeza de su manufactura conlleva una producción especializada y un uso por parte de las elites de la sociedad tarasca.

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