Perros, ¿mangos decorativos? | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Cultura Desconocida
Región ¿Occidente?
Período ¿Período clásico?
Técnica

Escultura en piedra tallada, punzonada, incisa, acanalada y pulida

Medidas

Largo: 13.20 cm

Medidas 7.9   x 3.4  cm
Ubicación Bóveda Prehispánico
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 990 2
Investigador

Descripción

Ambas obras parecen aptas para sujetarse en un báculo, bastón u otro tipo de objeto, al atar una cuerda en la sección acinturada que cada una presenta. Su materialidad en piedra dura también es óptima para resistir el desgaste por contacto continuo. Cabe pensar en mangos decorativos que, con su aspecto figurativo animal, completaban la operatividad simbólica de un instrumento, que acaso participó de la parafernalia de una persona con funciones sacerdotales o de gobierno.

         El cráneo alargado o dolicocéfalo corresponde al cánido; el resto de las figuraciones remata las imágenes de dos perros, cuyas expresiones los alejan de la ferocidad de los coyotes y lobos. La cabeza es la parte elaborada con mayor detalle, con caras que incluso tienen arrugas en la frente o a los lados de la boca. Un can está de pie en sus cuatro patas y levanta la cola; llama la atención el afán anatómico del escultor al marcar el orificio anal. El segundo perro agazapa hacia un lado sus cuatro extremidades y la cola.

         Las representaciones artísticas tienen una gran relevancia en el estudio de la fauna en Mesoamérica, por lo que toca a la identificación de las especies, sus usos diversos como alimento, proveedores de materia prima o como compañía, y los valores simbólicos que les atribuyeron los diversos pueblos. En el imprescindible conocimiento interdisciplinar del periodo antiguo de la historia de México, los estudios biológicos confirman las filiaciones naturales, sin embargo, pese al abundante hallazgo de restos óseos de cánidos, son contados aquellos que han sido analizados por especialistas; hacia el 2007 el biólogo Raúl Valadez informa que la cifra se reduce a venticuatro perros pertenecientes a las cuatro razas de perros reconocidas en el territorio y la temporalidad mesoamericanos. El famoso xoloitzcuintle tiene dos variedades, lampiña y con pelo; los otros dos tipos de perro también tenían pelaje, el más común era de talla mediana; el de menor tamaño se conoció como tlalchichi en náhuatl.

         Xoloitzcuintle es otra palabra náhuatl del Centro de México; comúnmente se traduce como “perro raro” o “perro arrugado”. Está formada por las voces xolo o xolotl e itzcuintli; este último es un genérico de perro y pudiera hacer referencia a sus dientes filosos en relación con itztli, que es obsidiana o navaja de obsidiana. Entre las acepciones de xolo o xolotl se encuentran monstruoso -en el sentido de anormal-, sirviente, sentarse en cuclillas, plegar y arrugar. Su complejo simbolismo incluye una deidad representada como un perro o con la cabeza de uno: Xólotl, el cual, entre los mexicas es el dios gemelo o cuate de Quetzalcóatl, por tanto funge como su complemento y simboliza al planeta Venus en su faceta de astro vespertino (Quetzalcóatl es el del alba). Como estrella del ocaso Xólotl acompaña o conduce al Sol en su recorrido nocturno por el mundo de los muertos, ubicado en el estrato inferior del cosmos. Tales cualidades y funciones recuerdan a las que se le atribuyen a los perros, como fieles acompañantes, protectores y guías de los difuntos en su estancia o recorrido por el inframundo. Ello permite entender que entre las prácticas funerarias de Mesoamérica sea común el entierro de perros junto a los humanos o el depósito de figuras de canes como ofrendas mortuorias.

         Tlalchichi puede traducirse como “perro de tierra” y refiere un animal chaparro o de patas cortas; de acuerdo con el mismo Raúl Valadez, tal vez esta especie se ha extinguido, si bien, pudo ser el ancestro del actual perro chihuahueño.

         El esquematismo de nuestro par de perros no permite reconocer la especie, aunque su diseño funcional sugiere el empleo en atavíos y rituales.

Ambas obras parecen aptas para sujetarse en un báculo, bastón u otro tipo de objeto, al atar una cuerda en la sección acinturada que cada una presenta. Su materialidad en piedra dura también es óptima para resistir el desgaste por contacto continuo. Cabe pensar en mangos decorativos que, con su aspecto figurativo animal, completaban la operatividad simbólica de un instrumento, que acaso participó de la parafernalia de una persona con funciones sacerdotales o de gobierno.

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