Máscaras antropomorfas  | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Cultura Mexica
Región Valle de México
Período Posclásico tardío
Año 1250-1521 d.C.
Técnica

Arcilla moldeada, pastillaje con estuco y pintura negra y azul postcocción

Medidas

Pieza 1:

  • Altura: 8.50 cm
  • Ancho: 9.90 cm
  • Profundida: 5.60 cm

Pieza 2:

  • Altura: 7.20 cm
  • Ancho: 9.20 cm
  • Profundidad: 4.90cm 
Ubicación Bóveda Prehispánico
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 1458
Investigador

Descripción

En las obras de los pueblos mesoamericanos el ser humano siempre está presente. En ocasiones se mezcla el naturalismo de las posturas y expresiones con elementos simbólicos, como en el caso de las figurillas olmecas de Las Bocas, Puebla, donde los elementos humanos se mezclan con formas de jaguar. En otras ocasiones, el naturalismo se hace presente evidenciando las modificaciones realizadas en el cuerpo, como en el caso de las obras mayas. En otras más, la abstracción es evidente, ya que se reduce al mínimo las formas que permiten identificar un elemento.

Entre las distintas partes del cuerpo humano, el rostro ha motivado una fascinación en el hombre, ya que al variar y combinar pocos elementos –como los ojos, la nariz y la boca- se pueden crear múltiples rostros. Era esto lo que en el Posclásico se quería reflejar con un difrasismo que era ixtli-yolotl o “rostro corazón”, que hacía referencia a la personalidad particular de cada uno de los hombres.

Así, el rostro se plasmó en distintos soportes, siendo las máscaras uno de los elementos predilectos. Con ellas se buscaba, en ocasiones, perpetuar éstos y los hechos de las personas; otras veces la máscara tenía como objetivo transmitir a su portador los poderes y características del rostro que se apropiaba.

En el caso de las dos piezas que están incluidas en el número 1458, debido a su tamaño y a la presencia de dos orificios en la parte superior de la máscara, podemos pensar que se utilizaba como un colgante. Ambas piezas fueron realizadas por medio de un molde, lo cual se hace notorio por las huellas de presión que quedaron marcadas en la parte posterior de la pieza y que le dio los rasgos generales. Después de ello se le colocó una capa de estuco y se pintó con color azul y negro. La presencia de concreciones de tierra muestra que durante mucho tiempo estuvieron enterradas.

La pieza 1 presenta un cabello pintado de color negro y ligeramente alzado de la superficie del rostro, presenta dos concavidades para representar la cuenca de los ojos y posiblemente se le colocaban piedras o conchas para simular los ojos. Tiene una nariz prominente y la boca ligeramente entreabierta, de donde destaca la hilera superior de los dientes, que se marca cada uno con una línea negra.  A la mitad de las mejillas se pintó una banda negra de 1 cm de grosor. La máscara presenta oreja “tipo hongo”, una característica estilística del Posclásico, la cual se compone por dos bandas de arcilla que simulan una forma semejante a un champiñón partido a la mitad. Se le colocaron a la pieza dos grandes orejeras pintadas de azul con puntos negros en su interior.

Por su parte, la pieza 2 está mejor conservada. Tiene el cabello azul con líneas verticales negras y se encuentra ligeramente levantado. El rostro es negro, lo cual indica que se trata de la representación de un sacerdote. A diferencia de la pieza 1, en ésta los ojos están elaborados con el barro. Una pequeña banda los define, la esclerótica es dejada en blanco y un círculo se realza para marcar el iris. La boca se encuentra entreabierta, mostrando la hilera superior de los dientes, y cada uno es definido con una línea incisa. Las orejas son de color blanco “tipo hongo” y, al igual que la anterior pieza, se forman con dos bandas de arcilla que se curvan en el extremo superior. Tiene orejeras blancas y lisas y una línea negra contornea la forma del ornamento y se pintó un círculo delineado en el centro.

Así, estas dos piezas de la colección del Museo Amparo nos permiten acercarnos a la indumentaria de la época donde, en ocasiones, se utilizaban rostros colgantes como parte de ésta; igualmente nos da conocer la concepción que el humano del Posclásico tenía de sí mismo, como se veía, se representaba y se modificaba, siendo uno de los testimonios invaluables con los que contamos.

En las obras de los pueblos mesoamericanos el ser humano siempre está presente. En ocasiones se mezcla el naturalismo de las posturas y expresiones con elementos simbólicos, como en el caso de las figurillas olmecas de Las Bocas, Puebla, donde los elementos humanos se mezclan con formas de jaguar. En otras ocasiones, el naturalismo se hace presente evidenciando las modificaciones realizadas en el cuerpo, como en el caso de las obras mayas. En otras más, la abstracción es evidente, ya que se reduce al mínimo las formas que permiten identificar un elemento.

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